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"Lo que Dios ha unido" (Mt 19, 6) Parte 4

Versión completa de la Carta pastoral sobre la estabilidad e indisolubilidad del matrimonio
Fecha: 21/06/2002
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa


El doloroso camino de la distancia y la separación

· Con mucha esperanza, a solas con Jesús

57. El camino de la alianza conyugal también conduce a escuchar esas palabras de Jesús que invitan a hacer las buenas obras cuando nadie las vea ni las agradezca, salvo el Padre de los cielos (48). Recordándonos que nuestro amor debe ser semejante al amor fiel del Señor, él puede solicitar incluso que en la vida conyugal se acepte la soledad, porque amamos a nuestro Padre y su santa voluntad. En su sabiduría puede pedir, en distintas circunstancias de la vida, compartir la esperanza y el sufrimiento a solas con él, por un tiempo breve o prolongado, pensando en el bien de la unión conyugal, de los hijos, de la sociedad, y en el ejemplo que reforzará otros matrimonios. Aceptar esa soledad interior es decirle “sí” a Cristo cuando, mirándonos hondamente a los ojos, como al joven rico que lo abandonó porque tenía mucho que perder, nos pide dejar tantas cosas y seguirlo por su camino (49).

· La separación, un remedio extremo

58. A veces la soledad es más profunda, y está unida a grandes tensiones y a la imposibilidad de mantener la convivencia. Es más, a veces en la convivencia se producen tales daños, que la separación llega a ser un deber. Escribe el Santo Padre: “Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrirse a las relaciones interpersonales, etc.; pueden conducir dolorosamente el matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil. La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge separado, especialmente si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil situación en que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior” (50).

· Y una puerta hacia un encuentro personal con el Señor

59. Nos cabe respetar y acompañar a quienes tuvieron que tomar la dolorosa decisión de separarse. Tuvieron que asumir no sólo su propio sufrimiento, sino además el dolor de las personas que fueron profundamente afectadas por su decisión, lo que la hizo aún más dura. Es difícil hablar a quienes la han sufrido, cuando no se ha experimentado ese mismo dolor. Pero hay algo que sabemos y que todos hemos vivido: el sufrimiento puede ser la puerta de acceso a una mayor unión con Cristo. En efecto, el sufrimiento que inclina a buscar el mensaje que el Padre nos envía a través de él, y a recibir y conquistar ese bien que el Padre persigue cuando sus entrañas se conmueven al vernos sufrir, ese sufrimiento nos enaltece, abre el corazón y prepara para una nueva manera de vivir con Dios. Él nos llama y nos busca en el dolor. Las personas separadas pueden responder a la voz del Señor desde su situación, a partir de su experiencia nueva, y con el corazón purificado y preparado para nuevas tareas, que serán emprendidas con más comprensión, con más compasión y más humildad. El dolor puede traernos dones que consuelan y aportan paz interior. No en vano dijo Nuestro Señor: “Felices los que lloran, porque ellos serán consolados” (51).

60. Con mucha delicadeza habrá que pensar en el bien de los hijos, y lograr que ellos mantengan, dentro de lo posible, una relación filial con ambos padres. A veces el marido queda muy desvalido después de una separación, y necesita mucho apoyo de sus familiares y amigos. Pero con frecuencia es la mujer la que llevará el peso del hogar y de la educación de los hijos, y la que recibe poco apoyo de la sociedad. Lo necesita más que nunca.

· También un camino de santidad

61. Con gran admiración he conocido a hombres que han llevado de manera muy meritoria su separación, y sobre todo a mujeres que han sufrido la separación de sus maridos, y que han resuelto vivir íntegramente, con mucha fe en la gracia sacramental, la promesa de fidelidad en Cristo, y entenderla como un camino de santidad. Se han unido en grupos de oración y de sincera amistad. Han vitalizado su encuentro personal con el Señor, meditando y saboreando la sabiduría de su Palabra, acudiendo a los sacramentos, encontrándolo en la comunidad y en los hijos, también dándole más cabida en la vida a la comprensión y la bondad. No olvidaron el misterio de la cruz, que pesa sobre nuestra existencia como misterio de salvación, y que abre puertas hacia una vida interior más misericordiosa, más contemplativa y más plena. Era algo conmovedor descubrir en el rostro de estas mujeres separadas mucha paz y alegría interior, y en su vida un signo elocuente de la fidelidad irrevocable de Cristo a la Iglesia.

· El matrimonio, ¿habrá sido realmente válido?

62. A veces uno de los cónyuges o ambos, llegan a la conclusión que la separación es una ruptura definitiva. Sucede sobre todo cuando a pesar de numerosos intentos y después de recurrir a instancias de consejo y mediación, la convivencia los ha alejado irrecuperablemente o les infiere un gran daño y se ha hecho del todo imposible. También ocurre cuando la otra parte funda un nuevo hogar. Cabría solicitar la declaración canónica y civil de la separación. Pero a veces sucede que la causa del desencuentro reside en el hecho de haber contraído inválidamente el matrimonio (52). Por eso, es aconsejable examinar si el primer matrimonio fue válido o inválido desde el primer día. Se puede recurrir a una persona experta, para investigar si el matrimonio fracasó porque faltó algo necesario para que fuera válido. Los tribunales eclesiásticos tienen abogados que conocen los principios de la Iglesia, y los Tribunales civiles que se ocuparán de las causas familiares ya contarán con abogados expertos. En ambos foros se podrá obtener un consejo calificado y un trato justo.

Son hermanos nuestros quienes han establecido una nueva unión

· Hay situaciones muy diversas

63. Nos conmueve profundamente el dolor y la esperanza de quienes han sufrido el impacto de la destrucción de su familia, y pensaron que debían tomar la difícil decisión de fundar un nuevo hogar. Los cientistas sociales llegan a la conclusión que la infidelidad estable de uno de los cónyuges es la causa primera del término de la amistad conyugal y de la ruptura. Otras fallas son perdonadas; ésta difícilmente. Pero hay, como sabemos, otras causas que inclinan hacia una nueva unión: por ejemplo, la convicción del cónyuge abandonado de ser demasiado débil para seguir viviendo, por el resto de sus días, sin un apoyo cercano con quien compartir la vida. Las situaciones son muy diversas entre sí. El mismo Santo Padre recomienda a los pastores que, por amor a la verdad, hagan un buen discernimiento de las situaciones, y no confundan entre aquellos que “sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa propia han destruido un matrimonio canónicamente válido”. También menciona el Papa otra situación, la de aquellos “que han contraído una segunda unión en vista de la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido” (53). Pero es seguro que casi todos los que han sellado una nueva unión esperan que la sociedad la reconozca, y que la equipare, lo más posible, al matrimonio.

· Esperan nuestro respeto

64. Un primer paso será reconocer que quienes han sufrido las separaciones definitivas y han tomado la decisión de sellar una nueva unión esperan el respeto de la sociedad. La decisión la han tomado en el foro de su conciencia. Es cierto, abandonaron objetivamente lo que pide Nuestro Señor, quien les ofrecía su gracia para reflejar su amor fiel e irrevocable, como la ofrece en virtud del sacramento a quienes lo han contraído. Pero aun así, esperan sentirse respetados por nosotros. Desde luego, no conocemos sus motivaciones subjetivas. No sabemos con qué formación llegaron a su primer compromiso; con qué apoyo contaron en las dificultades; si solicitaron un consejo y qué consejos recibieron en las situaciones de profunda crisis; cuánta debilidad, qué desvalimiento y a veces cuánta desesperación experimentaron después de la separación; con qué libertad y con qué preparación y energía espiritual han podido abordar su presente y su futuro; cuántos errores y qué errores cometieron, o en qué faltas personales y culpas pueden haber incurrido. Tampoco sabemos con qué disposición subjetiva optaron por seguir una ruta diversa de la propuesta por el Creador como un camino estrecho, que nos asemeja al grano de trigo que ha de morir si quiere producir mucho fruto. Conscientes de nuestra ignorancia, de la debilidad que muchas veces nos amenaza, de nuestras propias desviaciones y errores, del misterio de la dignidad de todos los hijos de Dios y de la asombrosa clemencia del Padre celestial, queremos tratarles de la misma manera como nosotros quisiéramos ser tratados si estuviéramos en su lugar. También por eso no queremos juzgarlos. Además no podemos olvidar la enseñanza del Maestro: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados” (54).

65. Los hermanos y las hermanas nuestras que han seguido este camino esperan también el reconocimiento de su voluntad noble de dar estabilidad a los hijos en el hogar que han fundado, de educarlos en la fe y de lograr que en su casa brillen el amor, la confianza, el apoyo mutuo y la alegría. En los anhelos, en los esfuerzos y en el dolor de estas hijas e hijos suyos, el Señor llama a su Iglesia, para que “rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza” (55). Con este espíritu ha de procurar “con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida” (56).

· Y tienen derecho a mucho más como hermanos nuestros

66. Es cierto que estas parejas, si llevan vida conyugal, no pueden participar de la “comunión eucarística, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía” (57), pero ello no significa que estén “excomulgados”, es decir, fuera de la comunidad de los bautizados. Es más, la Iglesia exhorta a sus pastores y a toda la comunidad de los fieles que los ayude y les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad a favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios” (58). Hay sobradas razones para darles un trato verdaderamente fraterno, respetuoso y lleno de caridad. Suelen participar en comunidades que buscan un conocimiento más profundo de las Escrituras y en acciones solidarias, sirviendo a los que más sufren. No pocas veces dan su contribución económica a la Iglesia, aun ayudan con su experiencia a esposos en dificultad. Muchas veces nos admira su espíritu de oración y sus generosas obras de misericordia, practicadas con gran discreción, mediante las cuales esperan alcanzar la misericordia que el Señor prometió a los misericordiosos (59). Así crecerá la confianza de poder retomar un día, con la ayuda de la gracia y del sacramento de la reconciliación, la plena participación sacramental en la comunidad del Pueblo de Dios (60). Nos escribe el Santo Padre: “La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación, pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad” (61).

· Al Estado le importa su bien y el bien de sus hijos

67. También al Estado debe importarle el bien de los esposos cuyo hogar se rompió, el bien de los hijos que nacieron en ese primer hogar, el bien de los hijos de la nueva unión, como igualmente la estabilidad del nuevo hogar. El Estado tiene que hacer lo suyo por atender estas situaciones, ofreciendo soluciones legales coherentes con el bien social. Sobre ellas, la Conferencia Episcopal manifestó lo siguiente: “Nuestra intención no es agobiar a los hogares que se formaron después de una ruptura matrimonial, ni impedir que el Estado, tomando ciertas cautelas, proteja estos hogares cuando son estables. También en estos casos el bien de los hijos requiere la protección de la ley. Pero para ello creemos que no es necesario ni conveniente alterar la naturaleza del vínculo matrimonial y reemplazar este firme fundamento de la familia por la inestabilidad del ‘matrimonio divorciable’” (62). No queremos que más personas sufran las consecuencias de este mal.

VIII. LA FAMILIA, FUNDAMENTO VIVO DEL FUTURO DE CHILE

Protegerla y fortalecerla es deber del Estado

68. La tarea social más decisiva para nuestra Patria es la que plantea la Constitución Política de nuestra República. Ella afirma que “la familia es el núcleo básico de la sociedad”. Es más, cuando declara que la finalidad del Estado es promover el bien común, afirma que es “deber del Estado” dar protección a la familia y propender a su fortalecimiento. Precisamente la debilidad de la familia, los obstáculos que encuentran los jóvenes para comprometerse para siempre, la destrucción permanente de incontables familias, el sinnúmero de hijos que no nacen en un hogar constituido por sus padres, como asimismo las ideologías, los temores, la falsa comprensión de la sexualidad y los falsos valores que propician esta situación, éstas son las realidades más preocupantes que deben ser abordadas con energía. El Estado no debe debilitar la familia, sino fortalecerla.

69. Por eso, todos los Obispos de la Conferencia Episcopal expresamos que “la tarea primaria del Estado en este ámbito (y podríamos agregar que lo mismo vale para la sociedad civil y las múltiples organizaciones que velan por el bien del país y de sus habitantes) es ofrecer -y abrir espacios para que diversas instancias ofrezcan- los medios que ayuden a la familia a consolidarse y a cumplir con su misión. Es decir, a que ella sea unida y estable, próspera y feliz; a que sus miembros sean fieles a los compromisos contraídos; a que el hogar sea centro de transmisión de los valores más nobles de nuestra cultura, y un lugar en que se ayude a superar tensiones, sufrimientos y problemas, gracias a la calidad de las relaciones entre las personas que forman parte de él, y gracias a su confianza en Dios; y que sea también una escuela de ciudadanos que saben poner sus talentos, con espíritu constructivo, al servicio del bien común, atentos a los más débiles” (63).

Familia, riesgo social y pobreza

70. Sabemos que cuanto se hace por fortalecer la familia ayuda a solucionar graves problemas como el alcoholismo, la drogadicción, la violencia y la depresión por no hallarle sentido a la vida. El fortalecimiento de la familia también redunda en la superación de la pobreza. Por eso, cuando el país se declara en lucha frontal contra la pobreza para erradicar absolutamente la indigencia, si quiere ser consecuente con su gran proyecto, no debe aprobar leyes, como ésta del divorcio, que conducen a la pobreza y a la miseria a un alto porcentaje de hogares que se transforman en monoparentales a causa del divorcio.

Fortalecer la familia, una misión global

71. En una palabra, la debilidad familiar que constatamos nos exige abordar unidos, con todas nuestras energías, un conjunto de tareas favorables a la formación y el fortalecimiento de familias estables, y ricas en valores sociales y religiosos. Juntos, cada uno desde su propia responsabilidad, hemos de impulsar todo lo que propicie la creación de más empleo, las oportunidades de capacitación y, con ella, el aumento de sueldos y salarios de las familias que viven con mayor estrechez o en la pobreza; también proyectos comunicacionales, habitacionales y recreativos favorables a las familias; asimismo, iniciativas de preparación, temprana y próxima, al matrimonio, como también de mediación y consejería familiar, entre otras.

En el norte de toda educación; también de la reforma

72. De decisiva importancia son los objetivos y los programas de educación. Deben preocuparse de la formación de jóvenes capaces de contraer matrimonio y de forjar familias estables. Entre nosotros es débil la cultura matrimonial. Se puede constatar que muchas veces el varón no logra responder a los compromisos propios de la unión conyugal y familiar. Este objetivo transversal de la educación debe ser cabalmente considerado, para que todos valoren el respeto y la amistad, adquieran una visión profunda de la sexualidad y no silencien su tendencia hacia el matrimonio, sean aptos para contraer vínculos para toda la vida, sean capaces de ser fieles a ellos, y de renunciar con alegría cuando se trate del bien de los demás, sobre todo de los más débiles. Esta sigue siendo una de las tareas de mayor trascendencia en vista del bien de Chile y de su futuro.

IX. CONCLUSIÓN

73. Volvamos al proyecto de Dios. Él quiso dar un cauce al matrimonio y a la familia, el cauce de la indisolubilidad, no para que el río sea un lecho seco y pedregoso, sino para que sea, con el aliento del Espíritu Santo, un torrente cristalino y vivificante, que lleva a la sed de mucha gente el agua que reclaman y el murmullo de su caudal, despertando y alegrando infinidad de vidas. Es él quien inspira a los esposos a dedicar infatigablemente sus mejores desvelos y energías a cuidar y acrecentar el amor, para construir, con la ayuda de la gracia, la familia que Dios les ha regalado, a imagen de la comunión que reina en la Trinidad Santísima.

74. Junto con encomendar las intenciones de todos Uds. a la Virgen María, Madre y Reina de la Familia, y Madre de la Sabiduría, del Amor Hermoso y de la Santa Esperanza, les pido que durante los próximos meses acompañemos a nuestros legisladores y a todas las familias de nuestra Patria, rezando el rosario en familia, como asimismo frecuentemente la Oración por la Familia, con la cual concluyo esta carta pastoral. De corazón les deseo que la bendición de Dios Todopoderoso, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, descienda sobre todos Uds. y les acompañe siempre.

Santiago, sábado 22 de junio de 2002.

]† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago

75. ORACIÓN POR LA FAMILIA

Dios Padre Todopoderoso,
Tú creaste al hombre y a la mujer
a Tu imagen y semejanza,
y les diste como vocación el amor.
Te agradecemos que hayas instituido desde el principio
el matrimonio indisoluble,
para que los esposos se amen generosamente
y sean padres abnegados de sus hijos.

Queremos acoger las enseñanzas
de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
que nos mandó: “lo que Dios ha unido,
no lo separe el hombre”,
y que elevó la unión conyugal a sacramento.

Infunde en nuestros corazones el Espíritu Santo,
fuente de amor, respeto y felicidad,
para que nuestras familias
crezcan en las dificultades
y lleguen a ser santuarios de la vida, del amor y de la paz.

Virgen del Carmen, Reina de Chile,
te suplicamos que guíes a los que velan por el bien común,
para que nuestras leyes fortalezcan
el vínculo conyugal y la unión matrimonial,
y la familia sea fundamento vivo
del futuro de nuestra Patria. Amén.

Notas al pie

(48) Mt 6, 3s y 6.
(49) Mc 10, 21s
(50) Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 83.
(51) Mt 5, 4.
(52) En general no son conocidas las causales de invalidez o nulidad. A veces se piensa en la posibilidad del divorcio, cuando se debiera recurrir a la declaración de nulidad.
(53) Ibid. n. 48.
(54) Lc 6, 36s, cf. 1 Co 4, 3-5.
(55) Juan Pablo II, Familiaris Consortio n.84.
(56) Ibid. n. 84.
(57) Ibid.
(58) Ibid.
(59) Cf. Mt 5, 7.
(60) Juan Pablo II, Familiaris Consortio n. 84.
(61) Ibid.
(62) Conferencia Episcopal, documento citado (15 de agosto de 1998) n. 58.
(63) Ibid. n. 19.